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Quizá mi corazón haya sido drenado como una tripa de embutido, exprimido hasta la última gota de aquello que alguna vez le dio consistencia, y ahora no sea más que una envoltura con muy poco que ofrecer.
Pero hay algo en tu mirada que hurga entre las vísceras de lo que queda de mí y encuentra, para mi desgracia, algún vestigio de vida que todavía merece la pena exprimir.
No es ternura lo que despiertas, ni consuelo, ni ninguna de esas emociones a las que la gente suele conceder nombres tan nobles.
No sabría qué nombre darle a algo que no busca el bienestar del otro, que no conoce la delicadeza ni necesita de la reciprocidad para existir.
Quizá sea una forma de fascinación desprovista de toda consideración, un apetito que no distingue entre lo que desea y lo que está dispuesto a destruir para obtenerlo.
No quiero embellecerlo llamándolo amor o describirlo con afeccto. Sería una mentira demasiado cómoda para algo que, por su propia naturaleza, parece negarse a cualquier forma de humanidad.
Tampoco quiero dedicarte una nota de odio. El odio, al menos, tendría la decencia de ofrecerme una dirección hacia la que dirigir todo este desasosiego.
Hay algo en ti que me mantiene audaz, que aviva una parte de mí que creía definitivamente extinta y que no sabría decir si es tu existencia lo que me fascina o la insolencia de haber llegado a existir de una manera que escapa incluso a mis propias expectativas.
Solo necesito que seamos libres. Que exista entre nosotros una distancia suficiente para que ninguno tenga que reconocerse en el otro, para que tu existencia no suponga una extensión de la mía ni la mía una condena para la tuya.
Pero a veces los límites se rompen. A veces encuentro en ti gestos, impulsos y miserias que me resultan demasiado familiares, y entonces llego a odiar incluso la posibilidad de compartir contigo alguna semejanza. No porque me recuerdes quién soy, sino porque me obligas a contemplar aquello de mí que preferiría no haber dejado nunca al descubierto.
Y, sin embargo, ahí sigues, devolviéndome una imagen que no he pedido y que tampoco consigo apartar de la vista.
Quizá lo que más me irrita de ti sea precisamente eso: que hayas conseguido existir fuera de mis intenciones y, aun así, conserves demasiadas cosas que me pertenecen. Quisiera poder contemplarte sin encontrarme, desear tu existencia sin sentir que compromete la mía. Quisiera, sencillamente, que no tuviéramos que parecernos para que pudieras ser.
Mi corazón es una tripa de embutido y tú eres el carnicero de mis contradicciones.
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