Las ideas se consumen.
En algún lugar en el mundo
Alimentamos el fuego con aquello que alguna vez imaginamos, y contemplamos cómo se convierte en cenizas antes siquiera de haber tenido la oportunidad de existir plenamente.
Nos hemos convertido en artesanos de nuestra propia ruina. Damos forma a posibilidades que después nos apresuramos a sacrificar, como si el simple acto de concebirlas nos concediera también el derecho a extinguirlas.
Seguimos levantando estructuras sobre los espacios vacíos que dejaron las que alguna vez existieron.
Quizá el dilema nunca haya sido nuestra incapacidad para concebir nuevos mundos, sino nuestra extraña facilidad para condenarlos después de conocerlos.
Es cierto que el tiempo habría terminado por destruirlas de todas formas. Ninguna obra puede aspirar a la eternidad; tarde o temprano, incluso aquello que parecía inamovible acaba cediendo ante el desgaste de su propia existencia.
Pero no esperamos.
Decidimos que seremos nosotros quienes encenderemos la última llama. Nos anticipamos al olvido como si pudiéramos vencerlo, sin advertir que, al hacerlo, quizá solo estemos privando a nuestras creaciones del tiempo que todavía les pertenecía.
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