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Category: Literature

CAPITULO I: MEDITACIONES DE MEDIA-NOCHE

CAPITULO I

“MEDITACIONES DE MEDIA-NOCHE”

 

La vida está plagada de diversas sorpresas, empero, todo termina siendo dominado por la monotonía de la misma provocando que los buenos momentos se pierdan sin darte cuenta de que eran buenos, orillándose a convertirse más bien en bullicios desordenados, como si se tratara de una película mal hecha; por ahí escuche alguna vez una frase que atribuyen a Charles Chaplin - "la vida de cerca parece una tragedia, y de lejos se convierte en comedia”.

¿Pero qué sentido tiene todo esto? Diversos poetas y filósofos se han preguntado lo mismo; pero sin alimentar al ego, creo que todo ser humano se ha hecho esa misma pregunta. Se llena de trabajo, de ‘hobbies’, de amores, de religiones y de pasiones para poder alcanzar a comprender una pizca de lo que podría ser una respuesta a ello.

Con el tiempo me he atrevido a pensar que uno vive siempre pensando en pasado, es decir, lo que hoy recuerdas con júbilo en su momento no te percataste de lo importante que se volvería esa experiencia con el tiempo, como un niño que juega pelota con su padre, sin darse cuenta que podría ser la última vez que tenga un momento así con él, como aquella chica con la que ingenuamente reíste hasta que el estómago te recordó lo humano que eres o aquel amigo que ya no está, que con solo acompañarte con una cerveza pasaban horas de aventuras o una madre que sin saberlo te regalaría los últimos instantes de sana y completa lucidez.

Recuerdo también en mi infancia como un territorio de felicidad sencilla e imperceptible; cuando era niño no había lujos ni viajes extraordinarios; bastaban las risas con mis amigos y un puñado de juguetes de segunda mano. En aquel entonces conocí a un niño del vecindario que era un completo contraste a mí, lo tenía todo: bicicletas, carritos, muñecos y muchos juguetes que yo apenas podía imaginar. Y, sin embargo, este niño que llamaremos Karin se convirtió en mi amigo con el objeto de tener a alguien con quien compartir lo que tenía al grado que las cosas que el señalaba como basura me las obsequiaba.

Ya en la adolescencia, algunos veranos después de aquel encuentro con Karin empecé a interpretar su gesto como mala fe, como si tuviera la intención de humillarme; sin embargo, ahora pienso que ese niño a pesar de sus bienes se sentía solo y buscaba compañía.

Esta experiencia me lleva a preguntarme ¿Qué tan solos estamos en realidad? ¿Por qué anhelamos compañía con tanta urgencia? ¿En qué momento dejamos de ver a los demás como personas y pasamos a verlas como simples puentes para mitigar nuestra soledad? Quizá esa sea la lección más profunda: la soledad no se combate acumulando objetos o rodeándonos de gente, sino permitiéndonos sentirnos plenos con lo que somos y compartimos.

Para Aristóteles, la amistad no era un accesorio de la vida buena, sino, una condición necesaria de la misma. No basta con acumular objetos o rodearse de multitudes, necesitamos amistades virtuosas, relaciones en que ambas partes se desean el bien por sí mismas, no por utilidad o placer momentáneo, citando su texto Ética Nicomáquea concluye “porque sin amigos nadie decidiría vivir, aun teniendo todos los demás bienes”[1].

A la luz de la propuesta aristotélica, comprendo que aquella relación no puede considerarse una “amistad virtuosa”. Más bien, parece haber sido una coincidencia de necesidades yo buscaba aceptación y él buscaba compañía. Ambos, quizá sin saberlo, nos utilizamos para llenar vacíos propios. No había un deseo mutuo por el bien del otro, sino un intercambio silencioso de carencias.

Fue una relación marcada más por la necesidad que por la virtud.

Esto me lleva a pensar que muchas de nuestras relaciones a lo largo de la vida podrían estar construidas sobre cimientos frágiles si no examinamos con honestidad nuestras intenciones. Aristóteles no desprecia la utilidad o el placer en la amistad, pero señala que la más elevada es aquella en la que ambos amigos se admiran y buscan el bien del otro. Tal vez la verdadera amistad comienza cuando dejamos de buscar en los demás lo que nos falta, y empezamos a compartir lo que somos. Solo así, la compañía deja de ser un remedio contra la soledad y se convierte un acto genuino de conexión.  ¿Cuántas de nuestras amistades realmente nacen del deseo de compartir lo que somos, y cuántas son simplemente un refugio para no sentirnos solos? ¿estamos con los demás por quienes son, o por lo que necesitamos de ellos?

No todos comparten la misma visión tan elevada de la amistad, por ejemplo, Nicolás Maquiavelo sugiere que las relaciones humanas están inevitablemente marcadas por el interés y la conveniencia. En “El príncipe” advierte que los vínculos personales pueden deshacerse ante el poder o la ganancia, y que incluso la amistad puede ser usada como un medio para lograr fines políticos, sociales y materiales. Para Maquiavelo, esto puede ser inclusive una debilidad pues un buen amigo podría ser tu punto más débil al conocer tus secretos, tus sueños y tu vulnerabilidad.

Al contrario de lo que Aristóteles y la moral popular nos indicaría; Nicolás nos muestra una perspectiva más pragmática y cautelosa.  - “Los amigos que se adquieren a costa de dinero, y no en virtud de las prendas del ánimo, rara vez se conservaran durante los contratiempos de la fortuna.[2] bajo esa luz la amistad que tuve con Karin no fue más que un arreglo práctico, un intercambio de recursos emocionales y materiales que funcionó mientras cumplía un propósito. La verdadera pregunta sería ¿acaso no son así la mayoría de las relaciones humanas?

Ambos pensadores me obligan a mirar esa experiencia con otros ojos. Aristóteles me invita a valorar las relaciones que han sobrevivido al interés, las que florecen en la virtud, Maquiavelo, en cambio me recuerda que no debo idealizar ni olvidar que el interés suele disfrazarse de afecto, tal vez, entre ambas visiones, se encuentra una verdad incómoda: muchas veces no sabemos si estamos frente a un amigo o frente a un reflejo de nuestras propias carencias.

No sabía mucho del mundo en aquel entonces, pero si sabía que algo en mí se iluminaba cuando compartía algo, aunque fuera poco, y aunque no entendía por qué aquel niño, rodeado de cosas parecía buscarme sin saber muy bien para qué, lo cierto es que algo nos unía – tal vez la necesidad de no estar solos, aunque fuera por un rato. Con el tiempo descubriría que la amistad es mucho más compleja de lo que uno cree cuando es niño. Pero esa comprensión no llegó de golpe, ni en forma de revelación. Fue algo que se fue filtrando con los años, entre encuentros, distancias, decepciones y silencios. Esta historia no explica lo que es la amistad, pero tal vez si muestra cómo empieza a insinuarse en la vida, incluso antes de que sepamos como nombrarla.


Autor: Martín A. Almanza
Libro: Un hombre común.


[1] Ética Nicomáquea en los libros VIII y IX, Aristoteles

[2] “El príncipe” de Nicolás Maquiavelo, Capitulo XVII

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