A veces la tristeza se vuelve un lugar conocido. No porque nos guste sufrir, sino porque aprendemos a habitarla. Nos acostumbramos tanto a sus silencios, a sus pensamientos ya esa sensación de vacío, que cuando llega la calma puede sentirse extraña, incluso incómoda.
La tristeza puede convertirse en una especie de refugio: un espacio donde ya sabemos qué esperar. Y quizás por eso algunas personas terminan regresando a ella, incluso cuando tienen la oportunidad de estar bien. No necesariamente porque quieran ser infelices, sino porque lo conocido puede parecer más seguro que lo desconocido.
Pero acostumbrarse al dolor no significa necesitarlo. A veces simplemente hemos olvidado cómo se siente vivir sin él.
Salir de ese lugar no significa dejar de sentir tristeza. Significa aprender que también podemos existir en momentos de paz sin sentir culpa, miedo o vacío. Porque sanar no siempre se siente como felicidad; Muchas veces comienza simplemente cuando dejamos de buscar aquello que nos hace daño.
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